By Belen Baquero 12 July, 2020 In Amores Pandemicos

HACEDORA DE HOGARES

Un día pasamos de decir “mi casa” a “la casa de mis mapadres”. Otro día, luego de reunir algunas condiciones, comenzamos una búsqueda con un sólo motor: encontrar un espacio propio. ¿Qué expectativas depositamos en este cambio, y en qué medida nos habitan a nosotros los espacios que hacemos nuestros?  La entrevistada nos cuenta cómo atravesó una mudanza en el silencio de la cuarentena, reflexionando acerca del ciclo que cierra al irse del primer departamento en el que vivió sola.

En 2016 vivía con su madre y padre en Caballito. Se encontraba dando sus primeros pasos en la UBA como estudiante de la carrera de Ciencia Política. También cambiaba de trabajo a uno en el cual no conocía a nadie.  A estos cambios, sumó otro que concretaría su independización y una de las primeras fases de crecimiento: mudarse sola a Congreso, lejos del nido paterno. La atravesó una sensación innata en el ser humano, que es no saber si podremos con algo que está en nuestra mira, mezclado con las ganas de tirarnos de cabeza. “El mismo vértigo que sentís cuando querés saltar de algún lugar alto”, explica mientras deja ir su mirada, recordando su salto. 

Tenemos distintos momentos en la vida en los que sentimos que comenzamos de cero. Nuestra trayectoria parece una torre de Jenga que cae tras la decisión que tomamos al mover una pieza; la armamos rápidamente para, esta vez, buscar otras alternativas y tomar nuevas elecciones. Pero el pasado no lo borramos, queda en la base de la torre que siempre perdura. 

“En ese momento me sentía como si estuviese siempre en el mismo círculo, con el mismo grupo, haciendo lo mismo todo el tiempo. Mudarme, y cambiar de barrio, fue dejar todo lo que conocía”, asegura, sin querer sonar extremista. Y es que este cambio no sólo involucró un salto de responsabilidad material, de una adulta joven haciéndose cargo de las cuentas y subsistir; también significó un primer encuentro real con ella misma, salir de la burbuja para conocer otras formas de vincularse y las reglas de funcionamiento de distintos espacios. 


Pero como a toda etapa, le llegó su final. Ese espacio que aprendió a hacerlo suyo, como este a ella, no tenía nada más para darle y a lo lejos se veía la posibilidad de un nuevo sitio. De a poco comenzó a empujarla: ya no se sentía cómoda en el barrio, los vecinos se hacían notar en la molestia y la casa necesitaba arreglos continuamente. “Ya no estaba cómoda, y sentía que la casa había cumplido su función en esos cuatro años de mi vida”. 

Comenzó a embalar para partir a su actual departamento, de una forma muy distinta a la anterior, entre el frío silencioso de la cuarentena obligatoria. Lo que antes había sido una preparación en la compañía de amigos y algunos familiares que pasaban a dar una mano y extender un mate, esta vez se convirtió en un “videollamame mientras embalás”. Tampoco contaba con las cajas que antes le acercaron; cargó algunas valijas e hizo varios viajes clandestinos para poder organizar todo con los recursos que contaba. 

Como un ejercicio de catarsis, fue desnudando los ambientes y las paredes que estaban cubiertas por una capa de calidez y recuerdo: “Esta vez tenía muchas más cosas que antes, entonces elegí qué me llevaba y qué dejaba, lo cual me ayudó a cerrar un ciclo y vivencias que tuve ahí”. La abordó una sensación de nostalgia, y prestó atención a todo lo que significó ese espacio, y cómo todo lo que estaba allí, de la forma en la que estaba, tenía un sentido: era la imagen viva de cómo creó su primer hogar, de cómo se convertía en una hacedora de hogares. 

“Los espacios que hacemos nuestros reflejan lo que llevamos adentro”, afirma. Porque a veces encuadrar una foto, colgar una planta o poner algo en otro lugar son cambios que acompañan procesos internos que no siempre hacemos conscientes. Construir un hogar a medida involucra animarse a buscar nuevas reglas, por fuera de las que nos han enseñado, que reinan en una casa. Ella lo explica como una suerte de ejercicios de percepción y autoconocimiento: “Es como aprender a escucharse y no repetir cosas porque es fácil y cómodo. Desde la elección de los muebles hasta su disposición, y todas las reglas que metemos en el medio”. 

 

Así, tomó sus valijas, pocas cajas, algunos recuerdos, aprendizajes y llegó a su nuevo departamento en Caballito. Un barrio que cuatro años atrás la había despedido. Paso a paso lo va haciendo suyo, porque hay algo en la cotidianeidad que hace al hogar: “Ordenar el exterior, mi casa, me ayuda a organizar mi cabeza”. El habitar el espacio, pintarlo dentro de nuestros márgenes y con nuestros crayones como los cuadernos para colorear. 

Los espacios nuevos, que temporalmente llevan nuestro nombre, son pequeños y posibles envases para nuestra personalidad. Desconocidos, entramos a ellos pisando a oscuras; deslizamos las manos por la pared buscando el interruptor de la luz, mientras avanzamos lento, precavidos. No sabemos con qué podemos encontrarnos: los ruidos de los vecinos, el viento que mueve las ventanas, los pisos que rechinan y los caños en las paredes. Todo es ajeno a nosotros y nos asusta. Nos sobresaltamos más de una vez al escucharlos, a veces nos despiertan. 

Hasta que un día, esos ruidos del afuera, el caminar del vecino y el silbido del viento, se vuelven “los ruidos del depto”. Nuestros ruidos y oscuridades. Entonces, quizás, son estos envases para nuestra personalidad lo que nos acercan a nuestro inconsciente, a todo lo que somos. Animémonos a habitarnos.

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