By Belen Baquero 5 July, 2020 In Amores Pandemicos

¿Y SI VIVIMOS JUNTOS?

La cuarentena obligatoria impactó de distintas formas sobre la salud psíquica y física de tod@s. En algunas personas actuó como una técnica de inversión paradójica, conductista, intentando influir sobre ellas indicándoles que debían hacer una cosa, con la intención de obtener el resultado contrario. La clásica psicología inversa de la que alguna vez escuchamos en series y películas, y hasta intentamos poner en práctica para observar lo que ocurría. 

 

Así, el Covid-19 nos dijo que debíamos frenar planes e ilusiones. El fantasma del confinamiento se paró al final del túnel, ese donde las canciones nos susurran que siempre veremos una luz. Se inclinó sobre ella, sopló con aires de “te lo dije”, y la apagó con ojos de venganza. Frenó el mundo, con todos nuestros proyectos en él. Pero algunas personas, como la entrevistada, tomaron este mensaje, lo desarmaron, y construyeron al revés: no podés dejar de moverte sólo porque estás quieto y a oscuras.

Ella es venezolana, tiene 31 años y vive en Santo Domingo, República Dominicana, desde hace cuatro años. Actualmente es maquilladora, tiene una empresa dedicada a la producción y distribución de cosmética profesional. Con el confinamiento en nuestras vidas, los eventos sociales fueron suspendidos, y junto con ellos el ingreso para quienes están ligados a trabajos que dependen de estos. 

Desde hace un tiempo necesitaba un cambio, emprender una búsqueda de nuevos caminos con otras tonalidades. “Soy una persona muy inquieta, no me gusta quedarme a esperar que las cosas lleguen”, dice, describiéndose a sí misma, a ese motor encendendido que lleva adentro. Ese que no se carga con gasolina sino con pasión y dedicación. 

Sus ganas de tomar ese salto y la crisis pisando los talones la mantenían despierta buscando alternativas. Luego de meses de conversar con amigas que viven en Atlanta, comenzó a trazar su siguiente objetivo: mudarse para allí y volver a empezar un nuevo capítulo. “Hacía tiempo les venía contando mi situación a mis amigas, y me insistían con que fuese; un día desperté habiendo hecho el click y ya me había entrado el gusanito de que quería irme”. Así fue como determinó algunas fechas para poder organizarse, y cerrar capítulos y trámites antes de dejar República Dominicana, su segundo hogar. Emprendería su viaje con boleto de ida a Atlanta en octubre de este año. Pero la vida tenía otros planes. 

 

En diciembre de 2019 estaba navegando en Tinder e hizo match con un joven norteamericano. La ciudad es muy turística, por lo que en el momento de presionar el corazón de la pantalla pensó que se encontrarían cerca; pero los separaban más del 2000 km y no se enteró de esto hasta que comenzaron a hablar días después y él le contó que reside en Oklahoma. “Tuvimos mucha química desde un principio, una conexión al hablar que tendía más a la amistad y escuchar al otro”, así, se acercaban desde el plano virtual, acortando un poco las distancias que les recordaba el mapa y la ligera diferencia horaria. Con el pasar de los primeros días ella bajó un poco la intensidad en la comunicación; si bien le gustaba, la distancia y las diferencias culturales le hicieron apoyar el pie sobre el freno de la lógica. Él llevaba el pie en el acelerador, e intentó mantener vivo el flujo de comunicación. 

Solía visitar Santo Domingo tres o cuatro veces al año, y un día le contó que la última semana de  febrero estaría visitando la ciudad otra vez. La expectativa del encuentro mantuvo encendida la luz del pasillo, y finalmente, llegaron al cara-a-cara. Salieron a comer, visitaron algunos espacios emblemáticos, caminaron lado a lado por las calles de la ciudad y disfrutaron de la compañía del otro. Encontraron la forma de ser presencialmente quienes habían sido en la virtualidad, tal como se habían mostrado. Como los artistas que pintan en vivo: observan detalladamente el paisaje y pasan al lienzo eso que ven, y más importante, que sienten. Así, fueron pintándose entre ellos: “Para nosotros fue tan simple como cruzar la barrera de pasar de hablar todos los días por teléfono a hablar en persona. Fuimos las mismas personas que dijimos ser en Internet”. 

En los primeros días de marzo él ya había regresado a su ciudad. Pasaron tan sólo unas semanas y le dijo que quería regresar. Compró su pasaje para abril y al llegar el momento de partir, el Coronavirus ya estaba de protagonista en América. Comenzaron un período de más de un mes de cancelación de vuelos, una y otra vez. Un recorrido donde la frustración comenzaba a sentirse cada vez más pesada sobre sus hombros. 

 

Un día intentaron mover algunas piezas en el tablero para ver si así conseguían encontrarse: “¿y si intentas venir vos?”, le dijo él. La agenda laboral de ella se había visto cancelada con la crisis sanitaria, y esta vez contaba con tiempo para ser ella quien haría la visita. Pero las fronteras estaban cerradas en el país. En caso de lograr salir, ¿cómo podía asegurar que volvería a entrar?

Muchas veces cuando intentamos comunicar algo a otra persona fallamos en el intento y debemos cambiar nuestras palabras para lograr pasar el mensaje que queremos. Algo en nuestros mecanismos de codificación de los mensajes, o quizás en los de decodificación del otro. Esto pasó con él, entonces reformuló su pregunta:

 

—Pero, ¿por qué no vendés tus cosas y vivimos juntos aquí?—preguntó muy seguro. 

—No entiendo, ¿por qué proponés esto?—dijo ella, un poco sorprendida por la propuesta y la rapidez en la que de pronto avanzaba todo.

—Porque queremos estar juntos. Yo quiero estar con vos y vos querés estar conmigo, ¿por qué no lo hacemos?—concluyó. 

 

Veinticuatro horas después de esa conversación ella compró su boleto, sólo de ida, para Oklahoma. Volaría el 7 de mayo, pero el Coronavirus siguió influyendo en una canceladera constante, como esas fiestas non-stop. Sólo que aquí, la fiesta era encontrarse y los contratiempos del virus y las fronteras cerradas no los dejaban festejar juntos este nuevo capítulo que se avecinaba en sus vidas. 

“La palabra frustración queda muy pequeña para todo lo que vivimos en esta espera”, explica. Un mes antes del vuelo comenzó a publicar sus cosas para vender antes de partir. El primer día vendió dos cosas. Luego su cama y siguió el anafe. Ese departamento que llenó con amor y esfuerzo, iba desnudándose poco a poco. Hasta el día que entregó las llaves de su casa, de ese espacio que la vio archivar grandes logros y transformarse en la mujer que es hoy. 

Cambió unas seis veces el pasaje. De días, ciudades en las que podría hacer escala o pasar la noche, y de aerolíneas. Todas estas veces ella iba al aeropuerto con su equipaje, y al llegar al counter para hacer el check-in, se enteraba de que tampoco volaría ese día. “No me cancelaban por teléfono, había mucha desinformación. Yo hacia todo el intento y al llegar me decían que no. La última vez que me ocurrió me puse a llorar desde que salí de allí hasta mi casa. No aguanté más.” 

 

Pero llega el momento en que el mundo se va reactivando poco a poco, aunque aún no se haya curado de esta pandemia. Su nueva fecha de despegue es el 7 de julio, donde los espera un libro con la hoja en blanco, que comenzarán a escribir juntos. 

Mientras están estacionados en la espera, sostienen la luz al final del túnel para el otro, cuando esta se apaga y parece que nunca volverá a encenderse. “La forma más directa que tengo para distraerme del encierro y ver el afuera es hablar con él; verlo a través de la cámara me hace olvidar de que estoy encerrada y me revitaliza”, añade para explicar que las videollamadas diarias son parte de su rutina virtual. También hacen las compras de supermercado juntos, miran películas en simultáneo y organizan cenas para ocasiones especiales: “La semana pasada fue mi cumpleaños y me invitó a cenar virtualmente. Me preguntó qué quería comer por mi festejo, me mandó la cena por Uber Eats y cenamos juntos por video”. 

 

El Covid-19 les dijo que tenían que frenar sus planes e ilusiones. Intentó apagar sus fuerzas para seguir proyectando, y algunas veces lo consiguió. Pero ellos hicieron lo contrario y hoy la espera está por acabar. Porque estar quietos no es estar paralizados. Ahora, sólo se esperan. 

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