By Belen Baquero 10 May, 2020 In Amores Pandemicos

SI HAY KNISHES, SÍ

Solemos escuchar que cada pareja es un mundo. En cada una se establecen ciertas normas de funcionamiento que resultan adecuadas para ellas: las ayudan a entenderse y madurar de la mano (o en este contexto, hombro a hombro). Y también es la marca de agua que las diferencia de los otros mundillos, aunque compartan ciertas bases y similitudes que las hace encajar en la sociedad que cada cual habita.
En el caso de ell@s, empezaban a vincularse y se decretó el confinamiento obligatorio en Argentina. Sus vidas habían sido revolucionadas por fuera del Covid-19: por lo rápido que iban las cosas, por su conexión y compañerismo. Decidieron romper con algunos prejuicios colectivos acerca de “los tiempos y lo adecuado” y se embarcaron juntos en la cuarentena, lugar donde se declararon novios. 

Ella tiene 27 años y hace un poco más de un año vive sola en el barrio de Flores (CABA), actualmente con sus dos gatos. Desde el 2018, momento en el que puso fin a su última relación sexo-afectiva, transitaba una etapa de sanación, introspección y amor propio, en el que no pretendía establecer vínculos serios. En los últimos meses se descargó Tinder, Okcupid y Happn en busca de combinar encuentros casuales, sin intención de conocer a alguien para armar planes de la to-do-list de parejas. 

Fue con Happn que ellos se encontraron. Esta aplicación de citas, y de búsqueda social en general, se basa en la ubicación de los usuarios. Es decir, conecta con personas que estén cerca o en la zona establecida. Ellos se habían cruzado ocho veces cuando encontró su perfil. “Vi su foto y me llamó mucho la atención. Se estaba enfocando al espejo, muy casual, con la luz de fondo un poco tenue. Me sorprendió que previamente puse un filtro de 25 a 35 años, y él tiene 20, no sé qué pasó”. En este último punto se frenó, meditó unas horas al respecto, y avanzó con el like.

Él se lo devolvió, abriendo las puertas del chat y empezaron a conversar. Después de algunos días de charla, intercambiar stickers y modismos propios de cada generación, confirmaron haberse agradado como primera impresión virtual e intercambiaron los celulares. Subieron un escalón de forma implícita. Conversaban día tras día hasta la madrugada, devorando el celular con los ojos. Les resultaba muy sencillo y ameno tratarse, como cuando conocemos a alguien con la sensación de haber compartido otros momentos, tal vez en otra vida o algún sueño. Piezas de rompecabezas que colocamos sin forzar sus extremos.  “Llegué a decirle que cuando nos viésemos en persona si no había química entre nosotros, podíamos ser amigos. Me caía muy bien, me divertía conversar y que así pasen las horas. No me molestaba la idea de no formar nada, pero había algo en nosotros, en la forma en que nos vinculábamos, que no quería perder”. Con esta última oración abre los ojos y levanta las cejas con convicción mientras pierde la mirada hacia adelante, hacia el cuarto contiguo donde está él trabajando ahora. Los separa una pared que ella atraviesa con la mirada. 

 

Llevaron varios días en el plano virtual, pero con constantes desencuentros en el presencial, sin poder combinar una primera birra. La tecnología y redes sociales nos vencerán siempre en escenarios de conexión y rapidez. No importa dónde estemos ni la hora que sea: podemos encontrarnos en la virtualidad, con un mensaje, un sticker, un meme, un audio. Pero tal vez este plano nos resulte positivo porque sabemos que, al final, está el deseo y el encuentro.
“Me había ido a la costa con mi viejo por mi cumpleaños. Me escribió para saludarme, seguimos charlando y cuando volví arreglamos para encontrarnos finalmente”. Eligieron la Plaza de Pappo, ubicada en Juan B. Justo y Boyacá, en el barrio de Flores. Él la buscó a las diez de la noche por la puerta de su edificio. Se acercaba la hora y crecían los nervios, no tanto por pasar al cara-a-cara sino por la diferencia de edad y las supuestas dificultades que esto puede presentar. Llevamos bajo el brazo un libro de preconceptos: algunos personales que vamos elaborando año tras año, y otros que recogimos del mercado de Prejuicios Colectivos. Y, en ocasiones, nos sabotean. “¿De qué íbamos a hablar? En mi cabeza iba a ser un fiasco. Era la segunda vez que salía con alguien más chico que yo, no me imaginaba qué podía salir de eso. Me preocupaba desde la charla hasta el plano sexual, quizás ni me calentaba”. 

 

Ella bajó del ascensor y cruzaron la mirada por la puerta de entrada del edificio. La abrió  y rompieron el silencio con una risa, infantil y amena, propia de su pacto de relacionamiento, de ser compinches virtuales.
En la plaza buscaron un lugar para sentarse y conversaron sobre anécdotas del barrio, sus familias y el amor mútuo por los knishes de papa. Entrada la medianoche se acortaron las distancias entre ellos y comenzó a generarse un clímax de tensión sexual con miradas sostenidas. “Quería besarlo, sí. Pero más grande era mi deseo por mantener el entorno erótico que se armaba entre nosotros, me parecía bellísimo. Estaba bueno, yo sentía que lo devoraba con la mirada. No quería cortar esa onda, que de hecho es lo que me pasa actualmente: a veces se hacen las tres de la mañana y no queremos ir a dormir por seguir hablando. Me encanta eso.”

La burbuja de tensión los siguió hasta la puerta de su edificio, en donde se despidieron. Ella sacó las llaves señalando que iba a entrar, él soltó la idea de volver a conversar para verse otro día. Se acercaron estratégicamente, como piezas de ajedrez, y de camino a las mejillas concluyeron con un beso en la boca. Desde su departamento, le mandó un mensaje invitándolo a subir la próxima vez que se vieran. “Si hay knishes, sí”, respondió él. 

 

En las semanas siguientes el tiempo caminaba a pasos agigantados con el Coronavirus de protagonista. Y ellos también. Habían salido a cenar y caminar por Palermo. Compartieron la cama más de una noche, aprovechando para meterse en sus charlas maratónicas hasta la madrugada. “Cada vez compartíamos más ideas y vivencias que nos permitían sumergirnos en profundidad en el otro, en quiénes de verdad somos y cómo pensamos”, agrega ella, en un tomo de secreto y reflexión mientras acerca el micrófono a su boca. 

 

El número de infectados aumentaba con el pasar de los días y corrían los rumores sobre una posible cuarentena que tendría lugar a la brevedad. Los espacios públicos, el transporte y oficinas se llenaban de miradas consternadas y alcohol en gel. Ya no se decía “salud” tras los estornudos, se los incomodaba con ojos de sospecha y distanciamiento. 

 

El 19 de marzo el presidente argentino, Alberto Fernández, anunció la cuarentena obligatoria a partir de la medianoche. Al día siguiente pasaron la noche separados, cada uno en su casa: “Yo no pude dormir muy bien, supongo que me estaba acostumbrando a tenerlo al lado en la cama”. Cree que ese fue el pensamiento que funcionó como puntapié para pensar en un confinamiento juntos. Al otro día lo conversaron, él armó un pequeño bolso y se montaron en la aventura y desafíos de la convivencia obligada que habían acordado felizmente por WhatsApp

 

En principio mantuvieron su confinamiento en la sombra. Con el pasar de los días conversaron sobre formalizar, poner una carátula, un título para nombrarse en conjunto. Noviar. Ella revolea los ojos para atrás, buscando en su memoria una cronología de charlas: “Veníamos conversando al respecto, la idea estaba ahí, y el 27 de marzo oficializamos como novios”. Ese día vieron una película y acabaron charlando un poco de sus relaciones pasadas y sus temperamentos en torno a ellas. Lloraron un poco y compartieron esa angustia. Se abrazaron y decidieron ponerse la etiqueta de novios, no como una simple formalización o para figurar bajo ciertas etiquetas sociales. Llegaron a esa decisión como respuesta al amor que elaboraron y escuchaban con todo su cuerpo. El decir “somos novios” es para ellos la forma de celebrar su compañerismo. 

 

La cuarentena, que en principio duraría dos semanas, se fue alargando y ellos van formulando sus reglas de pareja en el marco de la convivencia 24 por 7: comparten cada  comida, trabajan, ven películas, escuchan música e incursionan en los videojuegos. Es difícil para ellos imaginar cómo será su vínculo de otra forma, en eso que conocemos como “normalidad”. Como si su verdadera cuarentena fuese a comenzar el día que volvamos a habitar las calles con libertad. “Para mi es normal despertarme y tenerlo al lado, pasar todas las comidas juntos, estar en el cuarto y saber que él está del otro lado de la pared trabajando, o al revés. Cuando se termine todo esto y llevemos una supuesta vida normal de novios, esa va a ser mi cuarentena”, sentencia entre risas y mate, pensando cómo será su relación puertas para afuera. 

 

En menos de tres meses pasaron de darse like en una APP de citas, a cuestionarse los tiempos en torno a las parejas. ¿Quién decide en estos casos, los parámetros sociales o nosotros? ¿Qué es más fuerte, lo que sentimos o lo que pensamos? Los títulos, las actividades que deberían realizar y qué conversaciones abordar según el tiempo que llevan saliendo, preconceptos que ambos llevaban bajo su brazo y su entorno reforzaba en comentarios. Dejaron de mirar el reloj y habitar su sentir. Se dejaron llevar por la chispa y conexión que mantienen, por la maratón de besos y charlas, por su amor pandémico que, algún día, copará las calles en su propia forma. 

4 Comments

  • Lauri May 10, 2020

    Hermosísima historia. Excelentes tus palabras y y narrativa.
    ♡♡♡♡

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  • Santi Cicculli May 10, 2020

    Muy bueno Belu. Espero el próximo!

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  • Carli May 10, 2020

    Amo la manera que tenes de contar la historia y poder empatizar con el sentimiento ajeno. Hermosas palabras utilizadas! ❤

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  • Vic May 11, 2020

    Wow! Se me remueven las mariposas en el estómago… Una esperanza….

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